Uno de los espacios más personales que pueden encontrarse en una casa es la cocina. La habitación, ciertamente, es sinónimo de descanso e intimidad. En el baño se descubren lo similares que pueden ser nuestras miserias. Sin embargo, comemos para vivir y la cocina es el reflejo perfecto de la personalidad de los habitantes. En ella aparecen ciertos códigos que, tácitamente o no, permiten obtener una comida deliciosa para nutrir nuestro cuerpo y nuestra alma. Cada taza, cada plato, cada olla; todos tienen un uso más o menos específico que intimida al extraño que se atreve a encender la hornilla de una estufa desconocida.

Aunque me encanta cocinar y soy relajada con la dinámica del lugar donde vivo, las cocinas ajenas suponen un problema para mí. Algo tan simple como no saber dónde está la sal me incomoda; mejor ni hablar de usar la olla incorrecta. Puede que conozca la receta tan bien que pueda hacerla automáticamente porque se me antojó algo que sé que es rico para almorzar, pero no es mi espacio y jamás quedará igual. Mejor no hablar del miedo a que ese plato que nació de tanto estrés no le agrade al comensal. Rechazar comida es rechazar a quien la prepara; es rechazar la posibilidad que el otro te alimente y contribuya a tu existir. Eso asusta, eso duele. Es la razón por la cual me cuesta cocinar para otros. Ofrecer comida es ofrecer amor y nadie quiere ver cómo se desprecia. Sin embargo, siempre se hará el esfuerzo y quizás, poco a poco, se haga mucho más sencillo y ya no asusten las cocinas ajenas.

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