Hacer amigos por correspondencia ha resultado mucho más sencillo y menos aterrador de lo que pensé. Todas han sido muy amables y ya he empezado a intercambiar correspondencia con varias de ellas. La conversación es fluida y amena, pero inevitablemente, cuando llegamos al tema de la vida en Venezuela, me fallan las palabras y no sé qué decirles. ¿Cómo explicar los últimos diecisiete años? ¿Cómo explicar el sistema? ¿Cómo explicar una cola? ¿Cómo esperar que te crean si ni tú misma lo crees?

Es deprimente saber que la única manera de conseguir algo a “precio justo” es hacer una fila. Una fila que depende de tu terminal de cédula. Una fila que puede durar horas o días. Una fila de la que puedes salir con lo que buscas o no. Una fila en la que te sientes vulnerable porque nunca sabes si alguien más decide hacer de las suyas bisturí en mano a mitad de la madrugada o a plena luz del día. Una fila que puedes evitarte si pagas diez veces más por lo que necesitas en el mercado negro. Una fila llena de caras que gritan rabia, conformismo y resignación. Una fila que no debería ser, pero es.

Así que la opción es explicar, en términos simples y claros, lo que significa para nosotros vivir en este país. Caer en fanatismos es inútil; ni el cajero ni la bala te preguntan por tu afiliación política. Gobiernos van y gobiernos vienen, pero la sociedad sigue y en nuestras manos está cambiar nuestro destino o seguir en nuestra cola mirando la vida pasar.

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